Hay veranos que se recuerdan por los sitios que se visitaron. Este, en Saborea España, hemos decidido que se recuerde por los verbos que se vivieron.
Saboreando 2026 propone este año una ruta distinta: 27 puntos repartidos por toda España, uno por cada destino de la red, y cuatro formas de recorrerlos. No es un itinerario que se hace de un tirón ni un ranking de sitios imprescindibles. Es una manera de entender que el verano gastronómico español no se agota en la lista de comprobación, se agota en la actitud con la que se llega a la mesa.
Empezando la ruta
Segovia abre el recorrido con el plato que no necesita presentación: el cochinillo asado, el único punto de esta ruta que se permite ignorar el calendario. No hay versión de verano del cochinillo, y esa es precisamente su gracia: hay platos que están por encima de la temporada.
En Pamplona, el Casco Viejo convierte cualquier tarde en una sucesión de pintxos de autor. La primera ronda del verano se hace ahí, de barra en barra, sin prisa por decidir cuál fue el mejor bocado.
Tudela aporta el contrapunto vegetal: la huerta navarra entrega en verano su mejor versión, con el tomate y el espárrago en el punto exacto de sabor que solo da la temporada.
Y Ciudad Real cierra esta primera parada con un tinto joven de la DO La Mancha, el vino que mejor entiende el calor del centro peninsular: fresco, sin pretensiones, hecho para acompañar y no para protagonizar.
Parando, cuando algo merece la pena
Hay lugares a los que no se llega de paso. Hay que decidir ir.
En Lanzarote, la Geria y sus viñedos plantados en hoyos volcánicos dan una malvasía que no existe en ningún otro lugar del mundo: la vid crece protegida del viento en cráteres de picón negro, y el vino que sale de ahí sabe, literalmente, a la isla.
Gran Canaria responde con papas arrugadas y mojo picón, el matrimonio más honesto de las islas, presente en cualquier terraza desde la costa hasta la cumbre.
Tenerife suma su propio capítulo volcánico con un vino de altura, cultivado en las laderas del Teide, que se prueba mejor despacio, a la sombra, lejos del sol de mediodía.
En La Palma, la parada dulce corre a cargo de la miel de palma, un producto artesano que se obtiene del guarapo de la propia palmera y que pocos turistas conocen antes de pisar la isla.
Fuerteventura ofrece la cara más austera del archipiélago con su queso majorero, elaborado con leche de cabra y reconocido como uno de los mejores quesos de España en su categoría.
Y El Hierro, la incorporación más reciente del archipiélago a esta red, entra con su propio queso volcánico, hecho en un territorio donde cada explotación ganadera se mide en metros de terreno disponible entre coladas de lava.
Compartiendo mesa y tiempo
En cinco ciudades, comer nunca es un acto solitario.
Sevilla lo resuelve en Triana, con el fino bien frío como excusa perfecta para que la mesa se vaya llenando de gente y de platos a partes iguales, sin que nadie note el momento exacto en que dejó de ser una mesa para dos.
Madrid traslada esa misma lógica a La Latina en verano, donde el tapeo se hace de barra en barra hasta que cae la noche y las terrazas se convierten en la extensión natural de cualquier plan.
Zaragoza es la cuna del Concurso Oficial de Tapas más veterano del país, y El Tubo sigue siendo el escenario donde se libra esa competición, bar a bar, cada verano.
Valladolid, capital nacional de la tapa, alberga en su Calle Paraíso la sede del Campeonato Mundial de Tapas: aquí no se comparte solo la mesa, se comparte también el veredicto.
Y en Logroño, la Calle Laurel funciona como un único circuito ininterrumpido de pinchos y vino de Rioja, donde cada parada tiene su copa asignada y cada copa, su ronda de gente alrededor.
Probando mientras se entiende
El Levante arrocero se explica mejor con la cuchara que con la carta.
Cambrils ofrece el suquet de peix recién llegado de su puerto pesquero, un guiso marinero que resume en un solo plato toda la tradición de la Costa Daurada.
Vinaròs presenta su langostino, un producto que lleva el nombre de la ciudad tatuado y que se pesca a apenas unas millas de la costa donde se sirve.
Cullera, cuna histórica de la paella junto al Estany, mantiene viva la receta en su versión más pura, la que no necesita ingredientes de más para justificar su fama.
Dénia aporta la gamba roja, un producto que ha marcado el nivel gastronómico de toda una ciudad y que se ha convertido en su seña de identidad internacional.
Y Gandia, el destino más joven de esta lista, entra en la red con la fideuà, un plato nacido precisamente en sus aguas y que sigue disputándose con la vecina Dénia el honor de ser su verdadera cuna.
Repitiendo sabores, gestos y momentos
Hay tradiciones que se sostienen porque se repiten sin que nadie recuerde muy bien cuándo empezaron.
En A Coruña, el pulpo á feira se sirve en su cuna gallega ronda tras ronda, siempre acompañado de cachelos y un buen chorro de aceite y pimentón.
Lugo suma su propio producto de referencia: el queso San Simón da Costa, un ahumado con Denominación de Origen que se repite en cualquier mesa gallega que se precie.
Oviedo convierte la sidrería en una institución donde el tiempo se mide en botellas escanciadas, no en minutos, y donde repetir escanciado es prácticamente una norma social.
Burgos aporta su queso fresco, ese que se repite en cada carta de España acompañado de miel o membrillo, sencillo y reconocible en cualquier rincón del país.
Y en León, el Barrio Húmedo mantiene viva una de las tradiciones más generosas del tapeo español: la tapa gratis con cada caña, repetida sin que nadie recuerde cuándo empezó la costumbre.
Cerrando la ruta
Badajoz pone el punto extremeño con un gazpacho fresco, la versión más refrescante del producto de la dehesa en pleno verano.
Y Castelldefels cierra el recorrido con una paella de marisco servida en los chiringuitos de playa, a un paso del Mediterráneo, el broche perfecto para una ruta que empezó en el interior y termina con los pies en la arena.
Descubrir sin prisa
No es llegar y querer verlo todo. Es estar descubriendo sin prisa. Esa es la idea que sostiene toda la campaña de este verano: 27 destinos, cuatro verbos, un país que se entiende mejor bocado a bocado que a vista de pájaro.
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