Hay aniversarios que se celebran con un comunicado de prensa, y hay aniversarios que se celebran contando de dónde viene todo. Antonio Fumanal, maestro cervecero, eligió la segunda opción, y su relato conecta cerveza, historia e identidad de una manera que explica por qué Zaragoza se vive de una forma muy particular.
El brindis que empezó todo
Este año Ámbar cumple 125 años desde su fundación. La historia arranca con un grupo de empresarios locales, gente del casino, del mundo del azúcar y la remolacha, cansados de viajar a Alemania solo para vender materia prima. Decidieron traerse algo más: un maestro cervecero alemán que se instaló en Zaragoza con su mujer y, según cuenta Fumanal con humor, tuvo once hijos.
Aquel cervecero no solo trajo su oficio, trajo tecnología de frío para fermentar a baja temperatura, algo que puso a Zaragoza en el mapa cervecero europeo casi de inmediato. En una ciudad rodeada de tradición vinícola, la irrupción de la cerveza fue un pequeño choque cultural que generó curiosidad y, sobre todo, arraigo.
Para celebrarlo, Ámbar presenta este año la cerveza 125, que Fumanal describe sin rodeos como “un pecado genial”: una cerveza pensada para disfrutar sin complicaciones, para que el primer sorbo te convenza y sigas con ella.
La cerveza como excusa para lo importante
Fumanal defiende algo que va más allá del producto: la cerveza no es el centro, es la excusa. Cita evidencia de hace 10.000 o 12.000 años de comunidades que ya se reunían para elaborar cerveza, y plantea la pregunta al revés de lo habitual: ¿se juntaba la gente para hacer cerveza, o hacían cerveza para tener un motivo para juntarse?
Su conclusión es clara: cuando la gente se reúne, intercambia opiniones, cuenta historias y discute, la sociedad mejora. La cerveza, dice, tiene el papel de mantenernos como una sociedad cohesionada y conversadora. Y como maestro cervecero, su trabajo tiene un objetivo muy concreto: participar, aunque sea desde la sombra, en los momentos de disfrute de la gente.
Una cerveza para cada momento de Zaragoza
Ámbar tiene una cerveza para cada estación del año, y cada una cuenta una parte distinta de la ciudad.
Para la primavera, cuando Zaragoza despierta y la vida se traslada a los parques, paseos y terrazas, está la 1900 sin filtrar: turbia, con un toque de lúpulo marcado y elaborada con una técnica antigua pero muy controlada, seleccionando la parte menos turbia del tanque para mantener la constancia.
Para las Fiestas del Pilar, el momento que Fumanal describe sin exagerar como único en el mundo (una ciudad de casi un millón de habitantes viviendo la fiesta como si fuera un pueblo de 500), está la Especial, la cerveza más popular de la casa, la que se sirve a litros y a chorros durante las rondas de chiquiteo por el Tubo y el casco viejo.
Zaragoza, la ciudad que se vive
Más allá de la cerveza, el relato de Fumanal es también una guía de por qué merece la pena parar en Zaragoza. Es una ciudad vivida, no dormitorio: la gente pasea, ocupa la calle, participa. En Navidad, el Belén a tamaño natural frente a la Plaza del Pilar se ha convertido en una cita que sorprende tanto a niños como a adultos.
Para quien busca patrimonio, recomienda las tres catedrales: El Pilar, conocida en todo el mundo; La Seo, que considera imprescindible; y la catedral de San Pablo, antigua gran parroquia de la burguesía zaragozana, hoy en un barrio más discreto pero con un valor artístico que no tiene nada que envidiar a otras catedrales españolas. Debajo de todo eso, la historia romana de la ciudad, fundada en la confluencia de tres ríos.
Y luego está la posición: Zaragoza está, en palabras de Fumanal, en mitad de la nada pero rodeada de todo, a un paso de Madrid, Barcelona, Bilbao y Francia. Una especie de ruta de la seda moderna que hoy también atrae a industrias del futuro, como los grandes centros de datos que buscan espacio y ubicación estratégica.
La conclusión de Fumanal resume bien el espíritu de la ciudad: en Zaragoza se viene a ver historia, comer bien, beber una buena cerveza (o un buen vino), escuchar música en directo y, sobre todo, a vivirla sin las masificaciones de otras grandes ciudades, salvo en el Pilar, donde la masificación es precisamente la fiesta.

